—¡Se colgó! ¡Se colgó!
La noticia dada casi a gritos me taladró la cabeza. Sentí que la tierra se abría a mis pies. El gis resbaló por mis manos sudorosas. Un escalofrío me sacudió y tuve que sentarme. Cuarenta chiquillos querían que empezara la clase.
Repartieron el material, puse música tranquila y les pedí unos minutos para recuperarme mientras resolvían sus operaciones matemáticas. Aunque todos hablaban al mismo tiempo, pude rescatar lo que sucedió unas horas antes, esa misma mañana.
Roberto se levantó temprano, preparó el desayuno a sus hermanas, se puso la gorra y se colgó la mochila a su espalda, para caminar los cuatro kilómetros hasta la secundaria. Si se daba prisa, aún podía llegar a tiempo.
La noche anterior su madre le dio una golpiza con el cable amarillo. Le dijo que estaba fastidiada de recibir tantas quejas, suspensiones y reportes de sus maestros; de los abusos de sus compañeros, sin que él se defendiera. Fue muy clara en advertirle que sería la “última vez” que pondría la cara por él. Como tantas otras veces, lo acusó de cobarde, poco hombre, y su favorita: putito. El adolescente, ante las acusaciones, trató de defenderse, pero tartamudeó, como siempre. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos temblaron. Eso enfureció más a la mujer, que le prometió que a golpes le quitaría lo homosexual. Se despidió de sus hermanas con un beso:
—L-las quiero mu-mucho, pa-pase lo que pase.
—¿Y qué es lo que podría pasar? —Anahí le preguntó.
—N-no lo sé. Algo o nada, lo que sea —encogió los hombros, las besó y salió. Aún no amanecía y se sentía fresco.
—L-le falta una p-pieza, ma-maestra.
—¡Otra vez! Ya sabes que a ese rompecabezas de gatitos le falta una pieza desde hace mucho. ¿Por qué siempre escoges ése y no otro, Roberto?
—E-es que este me-me gusta, maestra. Así me siento yo, como si me faltara una pieza.
—No digas eso, así eres perfecto, no te falta ni te sobra nada —le contesté todas las veces que caímos en la misma conversación, con un abrazo—. ¿Por qué crees que estás incompleto?
—E-es que en la e-escuela me molestan. Me acu-cusan de homosexual, pero no es cierto, se lo juro por esta —dijo al besar la cruz que formó con sus dedos—. Solo que no me gu-gusta ni jugar al fútbol, ni meterme en peleas, ni ver sus videos de mujeres encueradas y menos tener novias. Ya sabes que tengo que cuidar a mis hermanitas. Por eso hago co-cosas de la casa, como peinarlas, lavar ropa, cocinar; por eso ellos me dicen que soy g-gay; pero no me gu-gustan los hombres. Ta-también me molestan po-porque mi mamá trabaja en la cervecería y toma, y porque ta-tartamudeo.
—Te entiendo. Si te gustan los hombres, está bien, no tiene nada de malo. Así nacemos con gustos y preferencias diferentes. No todos los hombres tienen que pelear o jugar futbol. Ya conocen a mi hermano que además de veterinario y papá de un chamaco, cocina delicioso y plancha muy bien; y además anda en moto y jugó fútbol americano.
—Mi mamá no c-cree eso. Me ma-mandaron a una terapia de conversión al templo, me go-golpearon y me insultaron, pero eso no es importante. Dicen que estoy en pecado mortal. Que Dios no me quiere. Y-yo so-solo quiero vivir en paz.
¡Carajo! Debí haberle puesto más atención; era muy talentoso: sus dibujos eran tan detallados y bien hechos, su caligrafía era clara y redonda. Podía multiplicar y dividir con rapidez y exactitud. Amaba a los gatos, pero solo los de ojos verdes.
Caminó pensativo, con la vista al piso, como siempre. Saludó a don Simón, el de la tienda, y evitó los charcos del taller lavacoches. En algún punto se arrepintió de llegar a la escuela y emprendió el regresó a casa.
—¿Qué pasó, mi Rober, se te olvidó la tarea?
—N-no, don. Es que y-ya se me hizo tarde y no me-me van a dejar entrar.
—Pues para qué vas con esa lentitud. Parece que tu mochila pesa como si llevaras todo tu mundo adentro.
Entró en su casa vacía, las camas sin tender y los trastes sucios apilados en una cubeta. Garabateó con lapicero rojo en una libreta que estaba sobre la mesa: “¿Vale la pena? La vida de los demás sería mejor si yo no estuviera” y dibujó un monstruo, con grandes colmillos y garras enormes. Una vez lo sorprendí:
—Y-ya no le falta ni-ninguna pieza —exclamó Roberto con una gran sonrisa, al tiempo que abría los ojos tan grandes como platos—. ¡T-tú la hiciste!
—Pues sí, ya me habías aburrido con tu queja y la hice de cartón, aunque no quedó tan bien —sonreí y le dirigí guiño.
—Me-me la voy a llevar para pintarla bonito, pa-para que siga el pa-paisaje.
Arrugó la hoja y la tiró debajo de la mesa. Vio el cable amarillo. Escribió algo más en la libreta, se subió a la mesa. Pasó el cable por la viga de madera. Hizo un nudo, lo pasó por su cuello, le dio dos vueltas más. Tiró la gorra al piso y dio un pequeño brinco.
Anahí y Estefany abrieron la puerta de la casa. Ahí estaba Roberto, vestido con el uniforme y con la mochila aún en los hombros. Colgado de la viga de madera, con el cable amarillo en el cuello.
En el cuaderno se leía: “Perdón por no poder ser diferente. Por última vez, las quiero”.
—¿Así que esto era “pase lo que pase”? —se preguntó Estefany entre sollozos.
Suspendí la actividad. Tomé una canasta y un mapa. Los invité a salir y nos dirigimos hacia el monte. Recogimos muchas flores blancas que habían caído de los casahuates y las pusimos en la cesta. Caminamos por las calles empolvadas de esa comunidad donde más de doscientas familias de las llamadas invasores o paracaidistas vivían en terrenos federales en condiciones miserables: sin agua, sin energía eléctrica, sin servicios de salud, ni escuela, mientras los intereses políticos de partidos y organizaciones “sociales” se enredaban en una maraña de corrupción e injusticia. Una comunidad que no existe, porque nadie los ve, nadie los escucha, ni tampoco les interesan. Sobrevivían entre la apatía y el abatimiento desde hacía más de una década.
Regresamos al traspatio de la herrería. Tomé la caja del rompecabezas de gatitos, para encaminarnos a la casa del chamaco.
Roberto yacía tendido en la mesa, aún con el uniforme puesto, cubierto con una sábana blanca y desgastada. Las hermanitas me abrazaron. Quisieron formar una cruz en el piso con las flores y les ayudé, pero las convencí de que mejor fuera un corazón. La madre en un rincón con la mirada vacía, al infinito, no se percató de mi presencia. Me acerqué, lo besé en la frente y puse el rompecabezas en la mesa.
—No te faltaba ninguna pieza.
Imagen tomada de Pinterest.
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